martes 14 de febrero de 2012

Rockeando Honduras



Llegamos a Honduras, casi tres años después de haber salido de Argentina. En esta entrada contamos todas las sensaciones que nos dejó Tegucigalpa, la capital hondureña, en donde vivímos cosas increíbles y malaventuradas también.

Fin de año en Tegus: del éxtasis a la agonía.
Fin de año siempre ha sido una fecha clave para nosotros. Entre noche buena y los primeros días de enero se comprende el momento del año de mayor movimiento turístico y, por ende, el momento de más trabajo para nosotros, una oportunidad para hacer una diferencia económica que nos permita sobrellevar las temporadas bajas venideras que comienzan después de Semana Santa. Pero, especialmente, la noche del 31 de diciembre es “La Noche” para nosotros, una fecha que se puede cobrar el doble y hasta el triple.
Teníamos fresco en la memoria el recuerdo de aquella noche gloriosa del fin de año pasado en Bocas del Toro, Panamá, cuando habíamos tocado en un hotel de lujo para la cena y, después, habíamos cerrado con broche de oro armando un fiestón en la discoteca Iguana. En total nos habíamos llevado como 500 dólares para los tres en una sola noche. Si a esto le sumamos los 500 dólares que habíamos recaudado unos días antes, después de tocar en un casamiento, se podrán dar una idea de lo importante que significa este período del año para nosotros.
Pero ahora se nos había hecho el 21 de diciembre y todavía estábamos como “bola sin manija”, dando vueltas en Granada sin haber decidido qué hacer. Nos habían tentado varios bares de Granada para quedarnos para las fiestas pero, además de que nos ofrecían muy poca plata (100 dólares que parecían una fortuna en Nicaragua), Granada, aunque muy bonita, no dejaba de ser una “ciudad”, con todo lo de aburrido y tedioso que conlleva dicho término (además de calurosísima).
Una posibilidad que se contempló fuertemente fue la de volver a Costa Rica, tierra de la plata dulce y a unas pocas horas de Granada, donde nos habían hecho una jugosa oferta de 750 dólares por el show de fin de año en una fiesta privada, en la playa Sámara. Pero si volvíamos a Costa Rica era solo por la plata, porque nadie quería volver atrás. Y como este proyecto nada tiene que ver con la acumulación de dinero, sino más bien con la acumulación de experiencias, también desechamos la opción "Costa Rica".
Pero había otro plan muy convincente que nos seducía a todos: pasar fin de año en el caribe, más precisamente en alguna de las Islas de la Bahía en Honduras, nuestra próxima estación. Enseguida nos pusimos en contacto con Yankel Dickerman, un hondureño “broder” nuestro, que reside momentáneamente en Tegucigalpa, capital de Honduras y parada obligada para quien va al caribe o hacia al norte en dirección a Guatemala desde Nicaragua.
A Yankel lo habíamos conocido en Perú, dos años atrás, cuando él también andaba viajando por Latinoamérica. A partir de entonces, trabamos una gran amistad y nos fuimos cruzando por varios puntos del continente, coincidiendo justamente para todas las fiestas de fin de año que pasamos fuera de Argentina. Por esas fechas tan especiales, que tanta nostalgia traen del hogar, de la familia, los amigos, los asados, el Fernet con coca, nosotros nos aferramos a esos amigazos que habíamos hecho en la ruta, como Yankel y su novia Laura, con quienes habíamos pasado las fiestas en Montañitas a fin del 2009, lechón asado de por medio, y en Bocas del Toro en el 2010 (doblando la apuesta a 25 pollos asados deglutidos).
Yankel, que además ha sido un enorme colaborador de la banda (fue el creador del logo de Kutimba, del logo del extinto "Ché Trío" y de la página web de "Pachanga", entre otros aportes), nos invitó gustoso a parar en su casa de Tegucigalpa y hasta nos consiguió una fecha para tocar el 23 de diciembre en el bar “Había una vez”. Así que no lo tuvimos que pensar más y nos tomamos un "Tica Bus" directo de Managua a Tegucigalpa.
Después de ocho horas de viaje, llegamos a Tegus el 23 de diciembre por la tarde y nos fuimos derecho a hacer sonido. Fue muy excitante llegar a Honduras, un país desconocido totalmente para nosotros, y enfrentarnos la misma noche de nuestro arribo al público “catracho” (como le dicen a los hondureños). Para nuestra asombro, nos encontramos con un público muy caluroso y eufórico, qué disfrutó muchísimo de nuestra música y nos sorprendía pidiendo temas de “Spinetta”, “Los Pericos” y “La Bersuit”.

Con Yankel en el centro de Tegucigalpa
Tegucigalpa, una ciudad que la mayoría de los viajeros evita, nos sorprendió por su belleza tan particular y por su “movida” político-cultural. Su condición de ciudad serrana, metida entre las montañas y de clima frío, con mucho viento y frecuentes lluvias, nos traía el recuerdo de Bogotá, la capital colombiana. Pero más que nada, fue la gente que iba a nuestros conciertos la que nos hizo acordar a aquel fogoso y exultante público que habíamos tenido en Colombia, donde el rock argentino genera devoción.
En Tegucigalpa también sentimos una especie de argentinofilia, una especial estimación por todo lo que tenga que ver con lo argentino. Vimos muchísimos hondureños adictos al mate (se consigue yerba fácilmente en Tegus), y hasta iban a vernos con el termo bajo el brazo y nos convidaban unos amargos; también vimos mucho aprecio por la cultura argentina, por su música, sus escritores, sus universidades. Y claro, por el fútbol: todos te preguntaban por Messi y por “El Boca”, el glorioso último campeón del fútbol argentino (eso sí, no son tan fanáticos como para conocer los equipos de la segunda división; nadie registra a River, por ejemplo). Y por supuesto, “El Diego”: se me puso la piel de gallina cuando la gente cantó con nosotros, a puro grito de estadio, el “Maradó, maradó” del coro de nuestra versión de “La mano de Dios”, durante nuestro show debut en Honduras.

"Como en Argentina": ñoquis caseros de la mano gourmet de Yankel Dickerman.
Unos días después, nos tocó vivir una experiencia que fue desde lo fascinante hasta lo bizarro. Después de una pacífica navidad con yankel y sus amigos, conseguimos un toque en “Tierra Libre”, un lugar muy especial para tocar porque “Tierra Libre” era, sobre todo, un espacio político-cultural de la llamada “Resistencia”, grupo político forjado al albor del golpe de estado que azotó al país en el 2009, y que se opuso a las elecciones que convocó el gobierno de facto en el 2010 por considerarlas ilegítimas.
La noche del 29 de diciembre tocamos en “Tierra Libre” junto a la banda local “Radio Sativa” y al afamado solista y cantante de protesta Nelson Pavón. Nosotros éramos el acto de cierre de la noche después de los artistas locales, que generosamente apoyaron nuestro proyecto cediéndonos la totalidad de lo recaudado por la venta de entradas.
Teníamos tan poca expectativa por el show en “Tierra Libre” (nadie jamás paga una entrada para ver a Kutimba, y menos en un bar psico-bolche) que cuando vimos como el lugar se iba llenando poco a poco quedamos boquiabiertos. A los seguidores de Nelson y Radio Sativa, se había sumado la gente que ya nos había visto en el “Había una vez” y que volvia para vernos una vez más, llenando la terraza del "Tierra Libre".
Desde que nos presentaron hasta que cerramos la noche con “Latinoamericano”, nuestro último trabajo original, el show fue creciendo en intensidad, desde unos tibios aplausos hasta la locura total. Me estaba sacando la guitarra del lomo para descansar un poco y relajarme con la clásica cerveza helada post-show, cuando casi todos los presentes, alrededor de unas 120 personas, empezaron a querer sacarse fotos con nosotros. Los flashes no pararon nunca de dispararse desde una gran cantidad de cámaras fotográficas apostadas frente nuestro, durante un lapso de unos quince minutos. Y los discos de Kutimba firmados por nosotros volaron en segundos. Hasta nos pedían autógrafos, que las chicas guardaban en un trozo de papel o en una servilleta. Nos sentíamos unos "rockstars" totales, pero el universo rápidamente se encargaría de ponernos de vuelta en nuestro lugar.

Con la banda local "Radio Sativa" después del show en "Tierra Libre".
Se nos vino la fecha encima y decidimos quedarnos en Tegucigalpa para año nuevo después de que el bar “LP” nos contratara para tocar el 30 y 31 de diciembre (“más vale pájaro en mano”, dice el dicho). Despues de semejante respuesta que habíamos tenido de la gente en la capital hondureña, valía la pena quedarse unos días más y retrasar nuestra ida al caribe.
Pero el ánimo se nos iría al piso después de esas dos nefastas noches en el “LP”. Ubicado en la zona más "careta" de la ciudad (en los alrededores del centro comercial "Próceres"), el bar “LP” era un lugar horrible, destino nocturno de jóvenes y adultos de una clase media “estirada” que iba al “LP” a escuchar reggeton y a hacer gala de sus tacos altos y sus relojes "truchos".
Pero lo peor fue la noche del 31 de diciembre, cuando pasamos una de las peores fiestas de fin de año de las que tengamos recuerdo, comiendo solos en el bar "LP", digiriendo un pollo seco que nos habían preparado mientras esperábamos que llegue la gente. Después de casi cinco horas de espera, comenzamos a tocar a las tres de la mañana para un público que no tenía ningún interés en nuestra música. 
Después de tantas expectativas, la noche de año nuevo por fin había terminado. El mexicano dueño del “LP” nos pagó nuestros 150 dólares, nos dió una palmada en la espalda y nos fuimos a acostar. Lo único que teníamos en la cabeza era irnos para la isla de Roatan, pasar unos días y volver a la Argentina por un tiempo.

La cena de fin de año, con Yankel y Gisellita.



Con los primeros adquisidores de la nueva edición del disco de Kutimba (tapa negra), en "Tierra Libre".

Noche de fin de año en "LP".


Dedicado a Luis Alberto Spinetta


jueves 19 de enero de 2012

San Juan del Sur-Granada: Impresiones


Granada.

Nos fuimos de Nicaragua después de tres meses y medio de recorrer los puntos más turísticos del país: San Juan del Sur y Granada. A continuación, historias, sensaciones e impresiones que nos quedaron después de pasar por este hermoso país centroamericano.

Aquella vieja música de rock (manifiesto kutimbero).
Argentina es un país rockero. Los pibes escuchan rock, los del barrio escuchan rock, las clases populares y los estamentos acomodados de la sociedad escuchan rock. Pero cuando salimos de Argentina nos dimos cuenta enseguida que Latinoamérica no era roquera. El rock es un género marginal en todo el continente de habla hispana (habría que dejar afuera de estas consideraciones a México, que junto con Argentina parecen ser los centros de producción roquera más importantes de los países hispanoparlantes).
El rock en Latinoamérica es un género menor que lo escuchan y lo interpretan grupos reducidos de jóvenes de un nivel socioeconómico elevado y con acceso a la educación media y superior (como en los comienzo del rock argentino, con Spinetta y Charly García como fundadores de una música que nacía en los barrios ricos de Buenos Aires y empezaba a ser tocada por los hijos de las familias adineradas de la capital). Y no es un dato menor mencionar que la educación universitaria de acceso universal y gratuito para todos no existe en casi ningún país de América, y que los costos para acceder a la universidad son elevadísimos.
Nosotros somos esencialmente músicos de rock: crecimos escuchando rock y aprendimos a tocar tratando de emular a nuestro ídolos rockeros: los Beatles, los Rolling Stones, Led Zeppelin, Pink Floyd, etc. Pero nuestra idea al salir a hacer música por Latinoamérica era nutrirnos de la riqueza musical del continente y alejarnos un poco del rock, de ese rock al que veíamos en un callejón sin salidas, carente de ideas, carente de frescura e innovación y que, a su vez, es un ritmo que no es autóctono de acá; es una música foránea que hemos apropiado, adaptado y consolidado hasta hacerla nuestra.
En mi caso particular, me terminé de alejar del rock cuando dejé mi guitarra eléctrica para tocar la acústica durante más de dos años de vida nómade. Pero cuando por fin tuvimos bajo, con la llegada de Federico hace unos meses, se hizo imperante que vuelva a tocar la eléctrica (que venía cargando al pedo durante muchísimo tiempo) y darle un tinte un poco más profesional a la banda. Y con la guitarra eléctrica y el bajo, nuestro amor por esa vieja música de locos llamada “rock” fue renaciendo con muchísima fuerza.
Pero para sonar “rockeros” nos faltaba algo importante. Justo después del accidente que tuvimos cuando íbamos a tocar en la televisión nicaragüense, aprovechamos que estábamos cerquita de Managua y fuimos a comprar un amplificador de guitarra, alentados por esa sensación de que casi habíamos perdido la vida y los gustos hay que dárselos aquí y ahora. Así fue como me conseguí “El Artigas”, un hermoso amplificador Laney valvular de 15 watts, con lo que la banda viajera terminaba de equiparse.
Y el dato que no quería dejar pasar era que nunca ninguno de los tres kutimba había estado tan bien equipado en su vida: además de que por primera vez tengo un amplificador valvular, Valerio nunca había tenido todos sus platos Zidjian (la mejor marca de platillos) y Federico nunca había tenido un buen amplificador de bajo como su flamante Ampeg. Y todo este equipo llevado en la espalda y en las manos por cada rincón del continente, de bus en bus, de taxi en taxi, de boliche en boliche.
Por otro lado, la falta de la percusión de Mauricio y el sonido valvular saturado del amplificador empezó a determinar la música de nuestro repertorio: ya la salsa, la cumbia y el samba brasilero, partes importantísimas de nuestro show, no sonaban tan bien. Así fue como nuestra música empezó a direccionarse cada vez más hacia el rock, pero sin perder el sabor latino.
Todo ocurrió un día como cualquier otro en el bar Black Whale de San Juan del Sur, cuando estábamos armando todo el sonido y el equipo en el escenario para tocar a la noche. Teníamos una actitud cansina, lenta y desganada, propia del que tiene un arduo trabajo por delante. Pero en medio del trajín, comenzó a sonar “Stiff Upper Lift” de AC/DC, a todo volumen. De repente, comenzamos a sentir una inusitada energía que salía de adentro, de nuestra sangre roquera. Esa noche estrenamos nuestra versión de “Highway to Hell” de AC/DC, marcando la nueva tendencia kutimbera y la vuelta a nuestras raíces rockeras. Claro que después seguimos con “El Auto Rojo” de Vilma Palma y el poco rock que teníamos se nos fue al carajo.

En el bar "Imagine" de Granada.





Malestar en "Bienestar"
En noviembre, San Juan del Sur salió del letargo en que estaba inmerso por causa de las lluvias y la temporada baja. El sol de noviembre daba comienzo a una nueva temporada que arrancaba tímidamente pero que crecía día a día hasta explotar, según dicen, a fin de diciembre y enero, momento de mayor movimiento turístico en todo Centroamérica.
Pero un cierto malestar se fue apoderando de nosotros por aquellos días finales en la “Casa Bienestar”, la casa que nos habían asignado dentro del resort cinco estrellas “Pelican Eyes” de San Juan del Sur.
El lujo y confort de la “Casa Bienestar” nos había enceguecido del hecho de que habíamos perdido nuestra libertad el día que aceptamos el contrato con el “Pelican”. Esa libertad por la que tanto habíamos luchado y que supimos conseguir cuando largamos todo a la mierda y dejamos la esclavizante Buenos Aires a principios del 2009, se había esfumado de un plumazo. Habíamos quedado en una relación de dependencia con el Resort y teníamos que obedecer órdenes descabelladas de la gerencia, como tocar para nadie tres veces por semana o que nos avisen que teníamos que tocar media hora antes del show.
Además, tocar para los ricos siempre fue aburrido, pero ahora la situación era insoportable: teníamos que tocar para unos pocos gringos millonarios que, para colmo, nos daban la espalda mientras miraban football americano y comían hamburguesas.
La vida en San Juan se volvió monótona, aburrida y hasta molesta. En el Resort no nos daban ni agua potable, ni gas para cocinar. Y la comida del buffet de empleados que nos ofrecían como parte de pago, si digo que es pésima me quedo corto: todos los días frijoles con arroz y un banano hervido que ni los perros se lo comían. Cuando teníamos suerte nos daban un plato de la comida típica nicaragüense, el famosísimo “Gallo Pinto”, que es arroz con frijoles pero cocinados juntos, todo mezclado (por dios, cómo extrañamos el asado!). Y los días que se comía bien era cuando nos daban las sobras del festín que se habían dado los gringos en el restaurant días pasados, que ni siquiera eran de la noche anterior.

El Cristo de San Juan.


Atardecer en San Juan.


"Asesinato en San Juan", by F. Borges (todas las fotos son del Fefo y todas las hojas son del viento, no se olviden).
Lo único que nos salvaba y nos inyectaba una cuota de adrenalina en nuestra estancia en San Juan, era un show semanal que hacíamos en el bar Black Whale, guarida de locos, hippies y mochileros, público kutimbero por excelencia. Además, ese show en el Black Whale era nuestra única entrada de plata semanal, que variaba entre 60, 90 y hasta 120 dólares para los tres, cuando era una buena noche.
Pero la “Casa Bienestar” también tuvo su lado positivo: nos sirvió para ensayar y agregar material original (y varios covers también) a nuestro repertorio: a “El Pibe” y “Misión Tropical”, que eran hasta el momento las únicas dos canciones originales que tocábamos en vivo, sumamos “Agua de Rosas”, “Uma Nota Mais” y la nueva “Latinoamericano”.
Noviembre llegó a su término y dimos fin al contrato con el “Pelican”. Decidimos volver a la ruta, volver a ser libres e independientes y buscar un nuevo destino con mejores posibilidades laborales.


Granada explota!


Nos quedaban unos días en Nicaragua antes de salir para Honduras, donde queríamos pasar las fiestas de fin de año, y todavía nos faltaba mucho por conocer de este hermoso país centroamericano. Mejor dicho, no conocíamos nada de Nicaragua, solo San Juan del Sur. Y sobre todo, nos faltaba visitar el centro turístico más importante del país, la ciudad colonial de Granada.
Pero antes teníamos que resolver el tema “hospedaje”. Dos meses y medio de tocar en San Juan del Sur no nos habían dejado casi nada de ahorros, y tirarse a otra ciudad desconocida, sin shows confirmados y pagando un hotel, era casi un suicidio.
Pero en San Juan del Sur tuvimos la suerte de cruzarnos a Zafron, una chica que habíamos conocido en San José hacía un tiempo. Casualmente, ella había conseguido trabajo en un lugar llamado “Treehouse El Poste Rojo”, un hostel metido en la selva a diez kilómetros de Granada. Cuando le preguntamos sobre la posibilidad de hacer algún tipo de canje con el hostel, no dudó un segundo en contactarnos con Chad, el dueño de "El Poste Rojo". Chad, que organizaba fiestas regularmente en el hostel, acogió la idea calurosamente: nos ofreció quedarnos todo el tiempo que quisiéramos en una habitación privada para cada uno, con el desayuno y la cena incluida, a cambio de un show semanal.
Así fue como pasamos de vivir dos meses en un hotel cinco estrellas, con todos los lujos, a dormir en unas precarias casas hechas con tablones de madera en medio de la selva, con un agujero en el piso como baño y sin agua corriente.
Pero el “Poste Rojo” era, a pesar de todo, un lugar hermosísimo. Inmersos en la naturaleza, dormíamos en casas construidas entre los árboles y por las mañanas nos despertaban los monos aulladores; tomábamos el desayuno en el bar, que quedaba arriba del cerro, con una vista espectacular de la selva nicaragüense, y por las noches teníamos la cena comunal con los voluntarios -que trabajaban allí a cambio de hospedaje y comida- y con los huéspedes.

Uno de los miradores de "El Poste Rojo".

El puente colgante de 50mts que adorna "El Poste Rojo".

El gringo Chad, dueño del "Poste Rojo".

El “Poste Rojo” era el típico lugar para gringos. Los gringos suelen rejuntarse en ciertos bares y hostels donde quedan indemnes a cualquier contacto con los locales o turistas de habla hispana. En esos lugares nadie habla español y se cagan en que estén viviendo, trabajando o simplemente transitando por un país donde se habla otro idioma. Tenés que saber inglés para pedir una habitación o una cerveza, cosa exasperante.
Por eso, nuestra estancia de casi tres semanas en el “Poste Rojo” fue también un poco aburrida. Por más que uno hable el inglés, entre los gringos y los latinos hay una barrera cultural demasiado grande que nos impide mancomunar demasiado. Reflejo de esto fueron nuestros sobrios shows en el hostel, con un público que no respondía a nuestra música. Solo logramos exaltar a los gringos cuando tocamos música de “ellos”, como algún cover de Green Day o Sublime, momento que aprovecharon para reavivar una vieja tradición del Poste Rojo: atravesar en pelotas el puente colgante de 50 metros que va desde el bar al “Yoga Deck”.

Con una de las "voluntarias" del Poste Rojo.
Pero, por suerte, también conseguimos trabajo en diferentes bares de Granada, una ciudad con una gran vida nocturna. El centro de Granada esta lleno de bares y restaurantes, muchos de ellos con música en vivo, donde pudimos fácilmente introducirnos en “la movida” y hacernos conocer.
En Granada tuvimos unos shows mágicos y un público increíble, sobre todo en el bar beatle “Imagine” y en el restaurant “La Hacienda”, en donde Kutimba pudo dejar su impronta rockero-rumbera en el recuerdo de mucha gente queridísima de esa hermosa ciudad.


Una de las tantas iglesias de Granada.




Hablando de gente querida de Granada, "La Maché", fana de Kutimba.



Después de nuestro último show en Nicaragua, en "La Hacienda" de Granada, con una granadina y el gran "Cucaracha".

jueves 10 de noviembre de 2011

Nicaragua y los gurises cinco estrellas


Nuestro nuevo hogar: el hotel 5 estrellas "Pelican Eyes" de San Juan del Sur.

Nuestro primer destino en Nicaragua fue San Juan del Sur, primera parada obligada para cualquier viajero que entra al país desde Costa Rica, a solo unos 40 minutos de la frontera, en el sur de la costa oeste del país, sobre el Océano Pacífico.
Llegamos una semana antes de las fiestas patrias de septiembre, momento en que en Nicaragua se vive una mini temporada alta que acerca a toda la gente de Managua hacia las playas, sobre todo a San Juan, la playa top de Nicaragua. Pero en esos primeros días, en el pueblo no había nadie. Igualmente, decidimos arriesgarnos a esperar la supuesta oleada turística y alquilamos un departamento por 15 días, con una habitación para cada uno, lujo que nunca habíamos tenido en el viaje.

San Juan del Sur

Pero las malas noticias nos llegarían unos días antes de nuestro debut en Nicaragua. Mauricio, a quién estábamos esperando que llegara desde Costa Rica, decidió no correr más riesgos. Su condición de ilegal por el solo hecho de ser colombiano ya lo tenía cansado, y parece que la cosa se pone más jodida en las siguientes fronteras, como la de Nicaragua-Honduras (y ni que hablar de la entrada a México), donde los controles se ponen cada vez más estrictos por el tráfico de coca y las presiones yanquis. Historias de ilegales detenidos y mantenidos por meses en prisiones espantosas, sin comida, asustarían a cualquiera. Ya demasiado riesgo y nervios había sido para él entrar en Costa Rica sorteando los controles policiales.
La noche que recibimos el mail de Mauricio en donde nos comunicaba que se quedaba en Costa Rica, todos sentimos algo muy fuerte, sobre todo Valerio y yo, que desde que la vida nos reunió en Cuzco, Perú, habíamos compartido dos años y medio juntos, remándola y llevando adelante nuestros sueños de viajar y hacer música por el continente.
Después de leer el mail de despedida de Mauricio, Valerio puso “El Preso”, de Fruko y sus Tesos, uno de los temas preferidos de Mauricio, y yo me puse a hacer la cena, como tratando de cubrir el puesto de cheff de Mauricio, un puesto que estaba destinado a quedar vacante después de varios intentos frustrados de cada Kutimba.
Después de un pollo seco y desabrido, salimos a dar una vuelta por el pueblo. Valerio, que ya se había tomado varias cervezas, se puso en el rol del borracho buscapleitos que tan bien le quedaba a Mauricio y terminamos todos amenazados de muerte por un dealer local, lo que nos mantuvo con pánico a salir de noche durante semanas. Pero todo se resolvió cuando hablamos con los encargados de la seguridad del bar “Ballena Negra” y del Sushi bar de al lado. Nuestros fornidos amigos, que apreciaban nuestra música, salieron a apretar al amenazante “Palacios” y el tema se solucionó.
Pero el problema más importante que teníamos en ese momento era sobrellevar la ausencia musical y personal de Mauricio arriba del escenario. Todos nos tuvimos que agrandar un poquito para que no se note que faltaba algo: el Fefo le empezó a poner un poco más de actitud escénica (ayudada por enormes dosis de cerveza Toña y ron Flor de Caña), Valerio cubrió los huecos que quedaron con la falta de percusión, y yo me hice cargo de las partes vocales de Mauricio.
Después de casi tres semanas sin tocar, con toda la energía puesta en el escenario, pudimos tener un debut increíble en tierras nicaragüenses en el “Black Whale”, ahora como el power trío gualeguaychense.

Atardecer en San Juan.

Mural de Sandino en las calles de San Juan.

Una nueva oportunidad laboral surgió cuando nos contrataron para tocar en el Resort cinco estrellas “Pelican Eyes”, un lugar increíble sobre el cerro, con una vista gloriosa de la bahía, dos restaurantes y varias piscinas. Pero, como siempre, nos encontramos con el “no hay plata”, justamente en uno de los lugares más exclusivos de Nicaragua.
Pero como cuando hay hambre no hay pan duro, aceptamos gustosos la paga de 50 dólares más 150 en consumo que nos ofrecieron para tocar en la fiesta del día de la independencia. Esa noche tuvimos como público a toda la crema de Managua, entre los que se encontraban la hija y los sobrinos de Violeta Chamorro, famosa ex presidente del país.
Pero después de las fiestas patrias la cosa se pinchó. El pueblo volvió a la parálisis en que lo habíamos encontrado y los bares no se animaban a soltar un peso para contratarnos. El alemán dueño del “Ballena Negra” nos daba alguna fecha esporádica pero pagándonos el mínimo: 60 dólares. Los del Pelican nos daban vueltas y vueltas para pagarnos esos míseros 50 dólares que nos ofrecían, y a veces estábamos una semana entera pidiendo la plata.
San Juan no daba para más. No tocábamos casi nunca y estábamos en la peor crisis económica que habíamos tenido como banda, con Valerio teniendo en sus bolsillos solo 50 dólares. Para colmo, se nos acababan los 15 días que teníamos pagos de alquiler.
Pero siempre en esos momentos difíciles pasa algo que nos reconduce a nuestro camino. Yo tuve una "corazonada" (todavía no encuentro la palabra adecuada para dicha sensación) que me decía que nos teníamos que quedar una semanita más. Durante todo el viaje me he guiado por ese sentimiento y casi nunca falla. Los chicos sintieron lo mismo, pero lo que para mí fue la mística del viaje y para ellos una simple casualidad, fue el hecho de que al otro día de renovar el alquiler del departamento por una semana más, nos llamaron del “Pelican Eyes” para ofrecernos un contrato mensual en donde nos ofrecían una casa de lujo dentro del resort (que valía 250 dólares por noche para cualquier turista) y los tres golpes (desayuno, comida y cena), a cambio de dos shows semanales en el hotel: los gurises habían llegado a un cinco estrellas!!

El "Pelican Resort" son esas 70 casas de teja naranja que se ven en la cima del cerro.
Cuando entramos a la “Casa Binestar”, la casa que nos habían asignado dentro del Resort, no pude dejar de pensar en todas nuestras viviendas anteriores. Me acuerdo cuando le andábamos pidiendo un lugar para dormir a toda esa gente maravillosa que conocimos en Valaparaíso, cuando dormíamos siete personas amontonadas en nuestra pequeña habitación de Cusco, cuando nos despertábamos cagados de calor en el bus de Montezuma.
Y no estoy exagerando si digo que nunca en la vida habíamos tenido una casa tan linda y lujosa. Después de todo, la “guitarrita” estaba dando sus frutos. Así que por favor, nunca escuchen a esos que dicen: “con la guitarrita te vas a cagar de hambre”. Y por “guitarrita” entendemos los sueños, las pasiones de cada uno, que en la mayoría de los casos son dejados de lado por la seguridad de un sueldo a fin de mes, por las comodidades que te brinda el sistema, por lo que te dice la gente que hay que hacer, por esa idea que nos metieron de que hay que sacrificarse trabajando horas y horas para vivir dignamente y así reproducir este sistema basado en las ganancias y el beneficio.

La  "Casa Bienestar": nuestro hogar en Nicaragua.

Vista gloriosa desde las piscinas del "Pelican".

Nuestras habitaciones.

Octubre fue el peor mes del año por lejos. Las lluvias interminables, que generaron grandes inundaciones en todo el país, el poco movimiento, la escasez de trabajo y turistas, fueron las características de un mes para el olvido.
Por suerte, pasamos la temporada más baja del año cobijados dentro del Resort, que nos ofrecía los elementos básicos para subsistir. Vivíamos una contradicción muy grande: estábamos en una casa de ricos, dentro de una especie de country privado, pero no teníamos un peso. Dependíamos de los shows que nos salieran afuera del Resort para hacer una diferencia, para afrontar costos extras como los relacionados con la salud, por ejemplo (tanto Fede como yo tuvimos que ir varias veces a médicos y dentistas, afrontando la crisis de los 30). Pero tanto el “Ballena Negra”, como el Hotel “Anamar”, donde usualmente tocábamos, nos suspendieron los shows por la lluvias, que se alargaron durante quince días seguidos, sin parar un segundo.

Después del temporal, varios barcos pesqueros quedaron encayados en la playa.
La pasividad de octubre fue contrarrestada por uno de los eventos del año: la fiesta de Haloween. El “Pelican Resort” estaba preparando un evento inmenso para 2000 personas, con mucha publicidad y grandes auspiciantes, como “Movistar” y “Flor de Caña”. Kutimba y tres DJ’s eran el plato fuerte de la fiesta y, como parte de la promoción, nos llevaron a los canales de televisión de la capital.
En nuestro primer viaje a Managua fuimos al Canal 14, en donde tocamos en vivo por primera vez en televisión. Hicimos nuestra canción "Misión Tropical", pero los nervios nos traicionaron demasiado y tuvimos una actuación rígida y llena de pifies.

El trío de Gualeguaychú en la televisión nicaraguense.



Pero una nueva oportunidad de salir en TV surgió cuando el “Pelican” nos volvió a llevar a Managua para presentarnos en vivo en el Canal 2. Teníamos que salir de San Juan a las seis de la mañana del martes, pero la noche anterior habíamos tocado en el “Ballena Negra”, con toda la juerga que ello conlleva, y nos costó muchísimo levantarnos. Entre pito y flauta, terminamos saliendo tardísimo.
El conductor de la Toyota Prado del Pelican salió pisando el acelerador a fondo ni bien nos subimos a la camioneta, con la intención de llegar a tiempo al canal de TV. Nosotros estábamos demasiado cansados y resaqueados como para preocuparnos, así que nos dormimos enseguida.
Pero ya cerca de Managua, en una de las tantas curvas del peligroso camino de montaña que conduce a la capital nicaraguense, nos despertamos sobresaltados por una frenada. Cuando abrimos los ojos, vimos como el chofer no podía agarrar la curva por la velocidad que llevaba y, al pegar el volantazo, la camioneta empezó a dar vueltas por la ruta.
El miedo a la muerte nos acosó durante esos cinco segundos que estuvimos arrastrándonos por la ruta, con la camioneta dada vuelta. ¿Dónde íbamos a terminar? ¿Nos caeríamos a alguno de los muchos abismos que había al costado de la ruta? ¿Chocaríamos de frente con algún auto desprevenido que fuera en dirección contraria? Finalmente, el auto se detuvo de costado a un lado de la ruta.



Muchas cosas nos pasaron por la cabeza en esos cinco segundos donde la muerte nos hizo un guiño, pero al final, no sufrimos ni un rasguño. Valerio, que era el único que no llevaba cinturón de seguridad, se llevó un golpe en el hombro, pero nada más.
A los 15 minutos del accidente, vinieron todos los medios de Managua a cubrir la noticia de la "banda argentina accidentada en Nicaragua". Ya más relajados y aprovechando la publicidad, dimos notas para varios canales de televisión, para una radio que nos sacó en vivo y para los diarios “La Prensa” y "El Nuevo Diario". El canal 10 abrió el noticiero de ese día con la tapa del disco de Kutimba en primer plano y nuestra música sonando de fondo.
Lo que no habíamos conseguido con nuestra música lo logramos con el infortunado accidente. Todo Nicaragua nos reconocía por la calle, nos saludaban y se alegraban de que no nos haya pasado nada. Al final, con el accidente habíamos logrado mucha más promoción que si hubiéramos llegado a tiempo a tocar en el canal de televisión.



El chofer dandole explicaciones a la policía.

Valerio atrapado en la camioneta.

Después de tocar en la fiesta de Halloween y con el comienzo de un nuevo mes, había que decidir si nos quedábamos o nos íbamos, ya que la gente del “Pelican” nos quería seguir teniendo en el hotel. Y la verdad que no lo tuvimos que pensar mucho. Es muy difícil salir de un lugar así, con todos los lujos, que tal vez nunca nos toque de vuelta. Decidimos quedarnos un mes más, con la condición de ensayar y preparar nuestro nuevo show de temas propios que pensamos presentar en diciembre en el festival “Yoko-ha” en Honduras, al cual nos invitaron para cerrar frente a dos mil personas. Todo un desafío.

Fiesta de Halloween en el "Pelican".


La vista de la "Casa Bienestar".




Vista desde una de las piscinas del "Pelican".


El balcón de nuestra casa.










La "Kutimba", divina como siempre.