jueves, 10 de enero de 2013

La última gira

Brindemos muchá!

“Lo que termina, termina”, reza un antiguo proverbio hindú. Lo nuestro ya había terminado hace rato pero, tal vez por una cuestión nostálgica o de conveniencia e interdependencia económica, nosotros nos empeñábamos en darle una sobrevida sin sentido, cargando con un muerto al que ya teníamos que enterrar. Kutimba o, más ampliamente, nuestro viaje musical como proyecto conjunto ya había muerto mucho tiempo atrás, tal vez desde que Mauricio, nuestro compañero de viaje que estuvo casi desde el principio de todo esto, dejara la banda y decidiera quedarse en Costa Rica.
Todo en la vida cumple ciclos. Y este ciclo, tan importante en nuestras vidas, se terminó un 21 de octubre del 2012 en Guatemala. Nos anticipamos dos meses exactos al 13 b'aktum, el famoso cambio de ciclo o ese supuesto fin del mundo del que los mayas nunca hablaron. Pero antes dimos nuestro último “yiro” por Guatemala, corazón del mundo Maya, un país que me atrapó y que todavía no me deja abandonarlo. Ciudad de Guatemala, San Pedro La Laguna, Panajachel y nuestro último concierto en San Marcos: esta es nuestra última historia.


La ciudad capital y el toque de los 3000 quetzales
Desde que llegamos a Guatemala, todo el mundo nos decía que teníamos que ir a probar suerte a la capital. “En la Ciudad la hacen”, era una frase que escuchábamos con frecuencia. Casi obligatoriamente, teníamos que encontrar la manera de llegar a la gran ciudad, donde estaba toda la movida musical del país y la famosa Zona 1, epicentro de la música en vivo guatemalteca.
A pesar de estar a solo unos 40 minutos de La Antigua, lugar que nos acogió durante cuatro meses, llegar a tocar a la capital no era tan fácil. Mudarse a esa ciudad enorme, la urbe más grande de Centroamérica, pagando noches de hotel con el poco dinero que nos quedaba, para estar una o dos semanas buscando un lugar que nos pague por tocar, era algo que no nos atraía para nada. Necesitábamos de un contacto que nos haga el “enganche” con la capital y nos ponga a tocar directamente.
La oportunidad llegó un día mientras tocábamos en “El Chamán” de La Antigua. Un animado grupo de personas, sentado en una mesa próxima al escenario, comenzó a pedir canciones y a regalarnos cervezas y tragos de ron que nos introducían en la garganta entre tema y tema. Cuando el show terminó, nos pusimos a charlar con esta gente que terminó siendo un selecto grupo de la capital, entre los que se encontraba la sobrina de Ricardo Arjona y Andresito, el gerente de la distribuidora más importante de bebidas alcohólicas del país. Después de contribuir a nuestro gradual intoxicamiento con alcohol, Andrés se ofreció a pagarnos por una hora más de música y, al final de la noche, nos invitó a tocar en un importante evento que estaba organizando en la capital. Por dicho show, que serviría para animar la velada en donde Andrés y la distribuidora Marte presentarían el nuevo vodka "Ketel One", nos embolsaríamos 1000 quetzales para cada uno (125 dólares), el equivalente a lo que gana un guatemalteco promedio durante quince días de entre ocho y días horas diarias de trabajo. Magia pura y una bocanada de oxígeno después de los días de miseria que estábamos pasando en Antigua, en donde habíamos bajado nuestro caché de 1200 quetzales a 300 para toda la banda.
El viaje a Guate era, además, el debut de la “Chata” (la Volkswagen que se había comprado el negro) en un viaje en ruta y, cómo era de esperar, le iba a costar muchísimo. Salimos a la una de la tarde y llegamos a las ocho de la noche, en un viaje que normalmente no pasa de entre 30 o 40 minutos, y casi perdemos el trabajo más importante del año (tal vez del viaje, porque no recuerdo haber ganado nunca esa suma de dinero).
La gente del refinado restaurant “Nokiate” de la zona 10 respondió fríamente a nuestra música pero, al parecer, a los dueños le gustó el show y nos contrataron para la semana siguiente. Claro, por menos dinero, pero que igualmente era el triple de lo que ganábamos en Antigua.
Nuestra aventura capitalina no fue lo que esperábamos como banda (tocar en un restaurant nunca es muy atrayente), pero nos “salvó las papas” en medio de una temporada baja económicamente desastrosa para nosotros.
 

San Pedro Vs Panajachel: “El Clásico del Lago”
 
El Lago Atitlán, con la montaña "Nariz del Indio" de fondo.

Llegar a San Pedro La Laguna fue como volver a nacer. Después del embotamiento y la parálisis de Antigua, tanto tiempo de encierro y pocas emociones, llegar a ese hermoso pueblito al pie del volcán, sobre el Lago Atitlán, y tocar a las pocas horas de haber llegado, fue volver a sentirse vivo. Eso es lo lindo de viajar: cuando uno se mueve hacia otro lugar, todo se transforma en algo novedoso y las rutinas agobiantes del pasado se desploman. Y como reza el dicho de los viajeros “la suerte es amiga del movimiento”, nuestro show debut en el Buddha Bar de San Pedro fue más que bueno. Por fin, volvíamos a sentir esa energía arrolladora que tenía “Kutimba” en vivo, energía heredada de nuestra antigua banda “Pachanga”, y que venía amenazando con desaparecer. Mike, el gringo dueño del “Buddha”, y otros dueños de bares y restaurantes que estaban allí, quedaron encantados con la banda y nuestra agenda para la semana entrante quedó completa: teníamos shows todos los días, desde el martes hasta el domingo, que incluían presentaciones para Kutimba el fin de semana, un acústico con Valerio y mi show solista.
Mientras Federico decidió volver a la Antigua para regresar a tocar recién el viernes, yo decidí quedarme en ese lugar que ya me había maravillado meses atrás, cuando estábamos dando vueltas por el lago con mi vieja y pasamos una noche en el pueblo. Con Gisella, alquilamos una habitación en una casa de unos autoproclamados hippies gringos en la que pagábamos 10 quetzales la noche (U$ 1,25). Valerio, por su parte, se cruzó a Panajachel, del otro lado del lago, donde tenía alojamiento gratuito y tocaba con nuestro amigo Germán los jueves.
 
Las chicas del lago, a punto de darse un chapuzón.
 
Acústico con Faiad en "Casa Atitlán", San Pedro.
 

San Pedro y Panajachel son los lugares con más movimiento turístico del lago, pero difieren en muchos aspectos. La diferencia más importante tal vez sea el idioma: en San Pedro se habla la lengua originaria T’Zutujil, mientras que en Panajachel se habla el K’akchiquel. Pero el argumento más importante que esgrimen los "sanpedristas" -y diferencia sustancial entre ambos pueblos, según ellos- es lo auténtico y la "buena onda hippie" de San Pedro.
Según cuentan, años atrás los hippies se mudaron de Panajachel a San Pedro por el gran crecimiento turístico y comercial de “Pana”. “San Pedro es lo que era Pana hace quince años”, me comentaban los sanpedristas, haciendo referencia a una supuesta autenticidad que conserva San Pedro, alejado del turismo masivo. Yo estuve en Panajachel hace quince años y pueda dar fe de que esto es verdad. Panajachel era un pueblito de calles de tierra, lleno de hippies y con una onda bohemia que hoy no existe. Actualmente, Pana es una ciudad llena de carros y Tuc-Tucs (mototaxis importadas de la India, muy populares en Guatemala), negocios por todos lados y ruidos ensordecedores de discotecas que por la noche compiten para ver quien tiene más fuerte la música. Es, junto con Tikal y Antigua, el lugar de “Guate” más visitado por los turistas y explota los fines de semana, cuando muchísima gente de la capital se vuelca hacia el lago a pasar unos días de fiesta.
Pero, más allá de las apariencias, San Pedro también dista de ser el paraíso hippie pregonado por sus habitantes extranjeros. A parte de sus pintorescas callecitas, donde no pasan los autos, y la ausencia de carreteras que conduzcan al pueblo -lo que le da un cierto aire de población indígena no contaminada por la cultura occidental y de ciudad-, San Pedro no tiene nada de hippie. Más que nada, es un guetto de gringos e israelitas en donde pueden aislarse del turista convencional y hacer lo que se les plazca. En San Pedro no hay restricciones para el extranjero con dinero, que bajo un disfraz hippie-budista controla todo lo que tenga que ver con el turismo: hoteles, restaurantes, bares y cualquier cosa que genere un rédito económico. Y, obviamente, los indígenas locales obtienen como única ganancia de la industria del turismo -que crece cada día- el irrisorio salario de entre cuatro y siete quetzales la hora, entre 0.50 y 0.90 centavos de dólar por una hora de arduo trabajo cortando el pasto, cocinando o limpiando la mierda de los gringos.
Esos son los hippies de San Pedro. “Hippies” que le faltan el respeto a la cultura budista poniéndole el nombre de “Buda” a un lugar de expendio de alcohol, en donde tuve que ver como los hippie-budistas reventaban a trompadas de a tres a un borracho. Hippies que echan de sus bares y hoteles a gente que tenga la piel oscura o “feo aspecto”. Como a mi amigo “Tres”, conocido músico trashumante guatemalteco, al que había invitado a tomar mate y a compartir un poco de música en la terraza de la casa en donde me alojaba. Los dueños de la casa, unos gringos que se presentaron como “hippies” la primera vez que los saludé, lo echaron de la casa porque no lucía bien y no era confiable. Claro, andaba en “patas”, tenía un olor a “chivo” terrible y una cara de guatemalteco que se le caía. Pero el “Tres” era un tipazo, que se ganaba la vida “mangueando” con su guitarrita y sus canciones originales en los restaurantes de San Pedro, un verdadero hippie.
Al cabo de una semana, nuestro affaire con los dueños de la movida nocturna de San Pedro se había terminado y Kutimba no tuvo más lugar. Yo, sin embargo, me quedé casi un mes tocando solo o en formato acústico con Valerio, que venía de vez en cuando. De a poquito me fui desencantando de San Pedro y su onda pesada y oscura. Finalmente, nos mudamos todos a “Pana” de forma definitiva.

Por las callecitas de San Pedro
                
"Nina", la perrita que encontramos por las calles de San Pedro y adoptamos con Gisella.
                              
Con el Boro y su familia en la "Chata", cuando ya estaba destinada a la venta.
                                              
El último concierto
En Panajachel nos encontramos con muchísimo más movimiento y una atmósfera nocturna de bares y música en vivo mucho más importante. “Pana” está lleno de músicos y tiene música en vivo todas las noches, lo que transforma a esta ciudad en una plaza obligada para cualquier banda que se de digne de tocar en Guatemala. Pero a Kutimba no le sería fácil arrancar en Pana y, de hecho, nunca arrancaríamos.
Nuestro debut en Panajachel ya estaba agendado para uno de los primeros viernes de octubre en el restaurant Atlantis, pero Federico no pudo llegar desde Antigua y tuvimos que improvisar un acústico con Valerio que ya de movida arrancó mal. Empezamos 40 minutos más tarde de lo pautado por la dueña alemana del lugar y, como era de esperar, a la señora no le gustó nada (si un alemán te dice a las 9:00 es a las 9:00, ni cinco minutos más ni cinco menos) y se nos cerraba una puerta importante.
Mientras buscábamos algún otro bar para el debut de Kutimba en “Pana”, salió un toque en otro de los hermosos pueblos del lago: San Marcos. El más pequeño y tranquilo de los pueblos que conocimos a la vera del Lago Atitlán, tiene una onda más espiritual, con muchos centros de meditación y yoga, chamanes y rituales mayas.
La tranquilidad de San Marcos, que casi no tiene bares ni movida nocturna, se vio interrumpida por el estruendo de Kutimba en el restaurant “El Giardino” y lo que sería nuestro último concierto. Una discusión más antes de empezar a tocar puso en evidencia, por enésima vez, la mala onda que había entre nosotros. Ya no disfrutábamos de lo que hacíamos, no nos divertíamos tocando juntos y no nos bancábamos más. Había que terminar con esta fuente de malestar que veníamos arrastrando desde hacía mucho tiempo pero que nos animábamos a cortar, tal vez por esa interdependencia que sentíamos al estar los tres solos y tan lejos de casa, necesitando del otro para morfar y seguir adelante. Después de tres años y siete meses tocando y viajando juntos, un domingo 21 de octubre, al otro día del show de San Marcos, decidimos terminar con Kutimba.
 
 
No es el fin del mundo

La nueva banda "Tres Conejos"
Los mayas nunca hablaron del fin del mundo. Esa fue la historia que nos contó Hollywood y gente interesada en sacarle un rédito económico a todo esto. Los mayas hablaron de cambios que tienen que ver con el orden vibratorio del universo y que terminarían poniéndole fin a una era para comenzar algo nuevo. Como nos pasó a nosotros.
Los pibes (Federico y Valerio) hacía rato que convivían con Germán, un músico argentino que se hartó de sus compañeros de grupo y decidió empezar a tocar solo. Esas cosas de la vida lo hicieron coincidir con nuestro viaje y se vino con nosotros desde Roatán a Antigua, donde convivió con Valerio y Federico durante cuatro meses, después de que todos juntos volvieran de ver a Paul McCartney en México. En Panajachel nos volvimos a encontrar con Germán, que les había conseguido alojamiento gratuito para Fede y Valerio en una casa tremenda!
La causalidad lógica y el fluir natural de las cosas los llevaría a seguir tocando los tres juntos. Guitarrista, cantante y músico excelente, fanático de los Beatles, Germán ya había empezado a tocar con Valerio todos los jueves en el restaurant “Atlantis”. Cuando cortamos con Kutimba, sumarían a Federico e iniciarían una nueva etapa en sus vidas, con su nueva banda “Tres Conejos”. 
 
Laburando como violero por la noche de "Pana".
Yo andaba caminando una noche por Panajachel (todavía no habíamos decidido dejar de tocar con Kutimba) cuando me paró por la calle un señor de unos 50 y pico de años, vestido todo de negro y con zapatos de mujer. Cuando me detengo y lo miro fijamente, lo pude reconocer: era un músico que había tocado después de un show acústico que habíamos dado con Valerio en el “Circus Bar”. El tipo tocaba la batería y, al mismo tiempo con la mano izquierda, tocaba el bajo en un teclado. A Raúl le había gustado lo que hacíamos y me invitó a tocar con él y su baterista en un show que tenía que dar en un hotel cinco estrellas la noche siguiente. “Dale, de una… ¿cuándo te parece que peguemos un ensayito o repasemos las canciones?”, le pregunté. “Noo, así nomás. Vos tenés que improvisar nomás”. Y así, con lo puesto, me mandé a tocar en el “Porta Hotel del Lago”, en donde amenizábamos una cena para cientos de japoneses. Las cosas salieron más o menos bien y Raúl me llamó unos días después para volver a tocar con ellos en otro lado. Hasta el día de hoy sigo tocando con ellos, todos los días, sin haber ensayado jamás.
Por otro lado, comenzé a encontrar trabajo como guitarrista para diferentes músicos de Panajachel, como el pianista alemán Chris Jarnach y la cantante "Patza". Y hasta llegué a tocar villancicos de navidad en la plaza principal de "Pana" con Dulce Mogollón, una cantante que nos contrató para la ocasión. Y unos días más tarde, en el pueblo cercano de Sololá, le pusimos música a una "pastorela", algo así como una representación teatral del nacimiento del niño Jesús, organizada por la iglesia católica. Mientras tocaba "El Burrito Sandunguero", me reía solo, pensando en la situación en la que me encontraba, algo que jamás se me hubiera cruzado por la cabeza que haría.

Mis nuevos compañeros de banda: Raúl "El Vampiro" Fuentes (teclados, bajo) y Devaki (Batería).

Se había terminado mi permiso de permanencia en Guatemala y tenía que decidir qué hacer. Con el ciclo Kutimba terminado definitivamente, me parecía absurdo seguir viajando con los chicos, solo para aprovechar el "jalón" en la Combi del negro. Después de pensarlo mucho, decidí hacerle caso a los guiños que me dió la vida, renovar mi visa y quedarme acá, en Panajachel. Aquí encontré, además de mucho trabajo y la posibilidad de crecer como músico y guitarrista, la tranquilidad mental y espiritual en un lugar hermoso y con muy buena vibra.
La noche anterior a la partida de los chicos hacia México, repartimos algunas cosas que teníamos en común y unos pesos que nos quedaban de las ventas del disco, y con un abrazo cerramos una etapa. Una etapa que teníamos que cerrar para que se abran otras más que prometedoras. No es el fin del mundo, es el comienzo de algo nuevo, de algo mejor para cada uno de nosotros.
 
 
 
Solo en el Atlantis Bar. 

Pegamos yerba loco!!
 
Se vislumbra una carrera solista?
 
Acústico con Germán en el "Clover" de San Pedro
En el "Nokiate" de Guate.

Mi amigo el "Tres".

En el Hotel Porta del Lago, con el debut de Gisella en conga.

Con Andresito querido, gerente de la distribuidora "Marte".

La familia "unita", en San Marcos.
 
En el Atlantis con el pianista Alemán Chris Jarnach.
 
En el stand de promoción del nuevo Vodka "Ketel One" en Ciudad de Guatemala.

Y nos quedan los recuerdos nomás! Nos vamos con este videíto que nos quedó, de una canción muy especial. Una canción que tuve el privilegio de escuchar su primer esbozo, en un cuarto de hotel de Baños de Ambato, Ecuador, cuando me mostró su riff de guitarra caribeño nuestro queridísimo Javier Toro. A partir de ahí, comenzamos a trabajar la canción con "Pachanga", aquella banda que empezó como una joda, como una excusa para prolongar la fiesta de la noche cuzqueña, y que terminó siendo nuestro proyecto musical más serio. A nuestros queridos amigos colombianos: Javier, Mauricio y el Negro!
 

 
 
 
Vos! Gracias por leer y comentar...

jueves, 25 de octubre de 2012

Atrapados en La Antigua

 
 

Escribo estas líneas mientras termino de armar los bolsos, esperando el “shuttle” -como le dicen acá a los minibuses privados- que nos lleve a San Pedro la Laguna, donde nos esperan para tocar esta noche en el Buddha Bar. Por fin, después de cuatro meses, podemos salir de Antigua.
Ayer dormí solo un par de horas por los nervios y la ansiedad que me provocan los momentos previos a nuestras mudanzas pseudo-gitanescas. Como todavía no tenemos lista la camioneta del negro (y no sabemos que va a pasar con ella), trasladarse de un lugar a otro se hace cada vez más difícil por la cantidad de equipaje que cargamos: mochilas y equipos que no para nunca de agrandarse. A mi enorme mochila, que tiene el tamaño de un pibe de diez años, mis dos guitarras y nuestro equipo de sonido Peavey (que consta de dos parlantes y un mixer), hace unos meses sumé a la familia al “Monster”, un nuevo y más grande amplificador de guitarra “Laney” de 25 watts a tubos y 23 kilos de peso, con el que reemplazé a mi viejo Laney de 15 watts. Además, me hice de un set de pedales individuales para reemplazar a mi multiefectos Boss.
Pero yo no fui el único en sumar peso. Culpa de la dadivosa Roatán y el dinero ahorrado durante meses de trabajo en esa hermosa isla, una vez en tierra firme nos largamos a comprar de todo. Valerio se compró su “Netbook”, una butaca para la batería y el último platillo que le faltaba: el Ridde. Y Federico, además de su “Volkswagen Vanagon” y miles de chucherías, se compró una guitarra acústica y otro amplificador de bajo, un “Ampeg Portaflex”, de mayor peso y potencia que su antiguo Ampeg (el tipo ahora viaja con dos amplis de bajo que suman como 300 watts y más de 50 kilos entre los dos...que tal!).
Pero lo chistoso fue que en el momento en el que llegamos a tener el equipo de guitarra, bajo y batería soñado, el mejor que hayamos tenido en nuestras vidas, fue el peor momento de la banda. Como les contábamos en la entrada anterior, en Antigua fuimos de mayor a menor, arrancando con todo, tocando todos los fines de semanas para mucha gente, y terminamos tocando una vez cada quince días para unas pocas personas.
Había que irse pa’ otro lado, buscar nuevos horizontes más prósperos para trabajar, como hacían los artesanos. Si para nosotros hay un indicador de los lugares a los que hay que ir, de los lugares que están buenos y donde se puede hacer “pisto”, ese indicador son los artesanos. Y todos los artesanos viajeros que conocimos en Guate estaban unos días en Antigua y se escapaban enseguida para México, en donde veían más posibilidades laborales. Pero a nosotros nos retrasaba una bendita grabación que nunca terminamos.

Colección "Retratos de La Antigua", por Federico Borges.
 
 
 
 
 
Buscando una salida
Tuvieron que pasar más de tres meses en Antigua para que finalmente dieramos con el estudio indicado y grabáramos la batería y las congas de "Latinoamericano". Ahora había que arreglar y cuantizar lo grabado para poder seguir adelante grabando de forma casera el bajo, la guitarra y las voces.
La espera, encerrado en mi casa de Jocotenango, era insoportable. Casi sin tocar en vivo, lo más excitante de mi semana era mirar “The Big Bang Theory” en el Warner y los partidos de Boca cada miércoles y domingo. Aburrido de no tocar, me dispuse a crear otras opciones para hacer algo interesante. Comenzé a dar clases de guitarra, aunque solo llegué a tener una sola alumna, una señora de Estados Unidos que me pidió que le enseñe algunos ritmos. Y todos los miércoles me iba a tocar al "Open Mic" del "Rainbow Café", en donde me hice amigo del Guicho, un excelente guitarrista con el que compartiríamos escenario en diferentes oportunidades.
 
 
Pero lo que ocupaba mi cabeza por aquellos días era otra cosa. Alentado por nuestro amigo Germán (que tocaba solo casi todos los días) y por Federico (que andaba preparando su show solista), salí a ofrecer mi propio show, preguntando en todos los bares y restaurantes de la Antigua. Era un desafío personal que tenía pendiente desde hacía tiempo. De los “desafíos” siempre he aprendido mucho, aun en el fracaso. Después de plantearse un objetivo e intentar alcanzarlo, uno siempre termina un paso delante de donde estaba, aún cuando no se haya alcanzado eso que se buscaba. Y la idea de no depender de nadie, solo de mí mismo, y armar un showsito de guitarra acústica y voz que se pueda vender fácilmente, era más que atrayente.
Pero mi experiencia como solista era casi nula. Siempre había tocado con, por lo menos, un percusionista. Y ese percusionista siempre había sido nada menos que Valerio, un músico excelente que le aportaba mucho ritmo y estilo a las canciones que yo cantaba y tocaba en la guitarra. Aunque una vez había tocado solo. Sí, una noche en el Cuzco; en el bar de “Magalí”, para ser más precisos. Valerio había ido a Lima a ver a Charly García y no había podido llegar a tiempo para el show que teníamos que dar esa noche. Y yo me obligué a tocar de todos modos (esa ha sido una fórmula que he venido usando contra el miedo: tratar de enfrentar y hacer todo lo que me resulte difícil).
Tres años después, me llegó la llamada del universo para salir a la cancha. Salté de la cama y atendí el teléfono. Era la italiana dueña de la confitería y panadería “Pan y Fantasía”:
 
-Hola ¿Lisandro?
-Sí- le contesté medio dormido.
-Me dijo “Angie” que tu tocas guitarra.
-Sí, sí ¿Porqué?
-Necesito un show para esta noche, que tenemos una fiesta de cumpleaños.
-Ah, ok ¿Quieres que toquemos con la banda?
-No, solo tú. El lugar es muy pequeño.
 
Unas horas después, salí para “Pan y Fantasía” sin haber preparado nada. "Ah, no puede ser tan diferente que tocar con la banda", me dije a mí mismo como para tranquilizarme. Pero enseguida vino mi primer sorpresa: los comensales, que ya estaban sentados en sus mesas, eran unas treinta señoras de la clase alta guatemalteca de entre 50 y 70 años. Esto se ponía cada vez más difícil, porque además de ser la primera vez que tocaba solo, me enfrentaba a un tipo de público que no era el de siempre. Saludé a la agasajada, que esa noche cumplía 67 “pirulos”, y le pregunté qué quería que tocara. “Y si te sabes algunos boleros…”, me contestó la doña. “Uy, uy, uy, boleros…la puta madre”, pensé. “Eh...sí, puede ser”, le contesté bastante dubitativo, aunque no me sabía ni un bolero.
Llegó la hora de tocar y me senté con la guitarra frente a las señoras que esperaban ansiosas la música. Además de miedo, me invadió un sentimiento de soledad tremendo: me sentía desprotegido, desnudo, como en uno de esos sueños. Ahora no tenía la coraza de la banda que me protegía: no estaba ni el swing de Valerio, ni el bajo y los coros embellecedores del “Negro”. Además, no tenía ni las canciones. Iba a tener que improvisar, tocar algo parecido a un bolero o canciones que gusten a la gente grande. No podía tocar Manu Chao ni Bob Marley, ni ninguna canción que hable de la marihuana.
En ese momento, se me vino a la cabeza el tango, lo más parecido a un bolero que, tal vez, podría tocar. Alguna vez, cuando hacía solo unos días que habíamos empezado a viajar, nos pusimos a preparar unos tangos con Valerio. Ensayábamos en el “malecón” de Viña del Mar, con una gorrita puesta en el piso, por las dudas si a alguien se le caía un billete. Por ese entonces, teníamos la convicción de que el tango nos iba a salvar más adelante. Todavía ni nos imaginábamos que “Matador” nos iba a dar de morfar durante más de tres años (lo más justo sería que le pasemos unos pesos a Flavio Cianciarulo, ahora que no están tocando los Cadillacs). Pero con el pasar de los días y los kilómetros nos fuimos dando cuenta de que en los circuitos de bares y boliches nocturnos donde nos movíamos la gente quería divertirse, bailar y pasarla bien mientras se emborrachaban y se pegaban unos nariguetazos de coca. Así que el repertorio pasó a ser otro y los tangos quedaron olvidados.
Ahora, de repente, los tangos volvían de mi subconciente. Repasé un poquito los acordes antes de tocar y ahí estaban de vuelta “Como dos extraños”, “Volver”, “El día que me quieras”. Pero como estaba demasiado nervioso, empecé con algo bien conocido y fácil para mí (no vaya a ser cosa que la cague en el primer tema): Ah, viejo y querido Bob Marley…como rinden tus canciones! Ahí nomás agarré un poco de confianza y me largué a tocar un mix de Tango, Bossa y los Beatles que no podía fallar. Al final, terminaron todos bailando y yo tocando lo mismo de siempre: “El cuarto de Tula”, “Chan Chan”, “El Pescador” y, para terminar, claro que sí: “Matador, matador…”
 
 
Con el Boro y Germán.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Mi debut como solista en el cumple N°67 de la doña.


Dedicado a nuestro amigo "Fifiu", por esas cenas que nos preparabas, por la sabiduría que nos dejaste y los momentos que compartimos en Montezuma.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Guatemala(s)


Nuestra historia en “Guate” comienza en la Antigua, una preciosa ciudad colonial de callecitas empedradas, casitas de colores y numerosas iglesias al estilo barroco, ciudad que en su tiempo de esplendor llegó a ser la capital de centroamérica y considerada entre las más lindas de hispanoamérica.
Llegamos a esta ciudad con muchísimas expectativas, especialmente por todo lo que nos habían hablado sobre su hermosura y su enorme vida nocturna, supuesta "meca" de la música en vivo de Centroamérica. Así que la emoción era enorme al llegar a la Antigua, en donde nos estaba esperando el Boris, un amigo que hiciera mi hermano en su paso por estos pagos hace unos años. El “Boro”, un tipazo con el que trabaríamos una gran amistad y que se ha movido muchísimo para ayudarnos, nos condujo a la casa del Zac, un amigo suyo que tenía lugar para alojarnos en su morada de Jocotenango.
El mítico Jocotenango, cuna del héroe nacional “Ricardo Arjona” (hay hasta una calle con su nombre), a solo diez minutos de la Antigua, fue el lugar que nos acogió en nuestros primeros días en Guatemala. Un pueblo tranquilo, alejado de los gringos y de la movida turística de Antigua, fue el lugar perfecto para descansar después de tanto viaje: Valerio y Federico volvían de su aventura por México para ver a Paul McCartney, y yo venía de tocar con los hippies en el lago Atitlán. Hacía más de un mes, desde Roatán, que no parábamos de viajar.

El "Boro", bostero de alma.
En la Antigua, Kutimba arrancaba con todo. Después de nuestro primer show en el bar “Angie Angie”, nos empezaron a salir shows en los bares más grandes y conocidos de La Antigua: “Cielos”, “La Sala” y “El Chamán”, todos a casa llena. El panorama era más que alentador ya que, además, se venía la temporada de turismo europeo de julio y agosto. Así que decidimos establecernos en Antigua por un tiempo y nos conseguimos nuestros respectivos hogares temporales: yo me alquilé una casa con Gisella en Jocotenango (la misma en donde vivieran mi hermano y el "Raulo"), y los chicos se consiguieron un cuarto en Antigua.
En el medio llegaba mi vieja a visitarme, por cuarta vez en el viaje, y nos íbamos a hacer el tour guatemalteco obligado: pasamos por el lago Atitlán, donde me volví a encontrar con mi amigo Javier para tocar en el "Cocos Bar" de San Pedro; de ahí nos fuimos al enorme y colorido mercado artesanal de Chichicastenango y, finalmente, a las impresionantes ruinas mayas de Tikal en el selvático y caluroso departamento del Petén.

El Lago Atitlán.

Gisella en Tikal.
 
Mamá y el Theo.
De vuelta en la Antigua, todo parecía indicar que nos iban a llover los contratos. Pero, a la inversa de lo que ocurre la mayoría de las veces que llegamos a un nuevo lugar, cuando empezamos de abajo, con poco trabajo y, a medida que la gente nos va conociendo, van saliendo cada vez más toques, en la Antigua todo se fue diluyendo inexplicablemente. De repente, estábamos tocando una vez cada quince días, con shows que terminaban con solo dos o tres personas en el público, y ganando 300 quetzales por show para toda la banda (unos 35 dólares). Nunca, en tres años y medio de viaje, nos había ido tan mal.
La temporada bajísima de mayo y junio, la supuesta levantada turística de julio y agosto que nunca llegó, y las lluvias que no pararon jamás, fueron factores determinantes que afectaron muchísimo nuestro trabajo. Pero había algunos contraejemplos que socababan nuestras teorías apocalípticas sobre la Antigua.
German y Gastón, dos amigos músicos argentinos, la estaban "levantando con pala" en la Antigua, tocando como solistas casi todas las noches. Con solo la voz y la guitarra como herramientas, conseguían trabajo enseguida en la infinita cantidad de bares y restaurantes que alberga la ciudad, lugares pequeños, más apropiados para un solista que para el estruendo de una banda con bateria y guitarra eléctrica. Además, los bares tenían que desembolsar mucho menos dinero para pagarle a una sola persona que a una banda completa.
Para agraviar nuestra situación, dos de los tres o cuatro bares que tenían bandas todos los fines de semana tuvieron que cerrar sus puertas o suspender la música en vivo debido al acoso de uno de los enemigos acérrimos del músico: la policía municipal. Nosotros los sufrimos en el medio de un concierto en el “Angie Angie”, en donde nos obligaron a parar la música cuando ni bien empezábamos. La amenaza de costosas multas propiciada por la policía hizo que Angie, la dueña argentina del local que fue el primero en abrirnos las puertas en Antigua -y que era una fija todos los fines de semana-, no nos pudiera contratar más.
Estábamos secos, sin un peso y sin trabajo. Los benditos ahorros que habíamos hecho en Roatán durante la temporada alta ya no existían y nuestros estómagos se tuvieron que conformar con dosis diarias de tortillas, frijoles, chuchitos y tamales, comidas populares y baratas que se consiguen en cada esquina guatemalteca. Ya ni yerba nos quedaba: un día subió de diez a veinte dólares el kilo y nos quedamos también sin mate.
Cuando todo indicaba que nos teníamos que ir pronto de Antigua y seguir camino rumbo a México, donde todos nos profetizaban un escenario mucho más esperanzador, dos “asuntos” más que importantes nos ataron a la Antigua y nos hicieron quedar mucho más de lo deseado.
 
Guatebuenas!
El negro y su "chiche" nuevo.
Lo que tal vez sea el hecho más trascendente durante estos meses de completa parálisis e inactividad fue la compra que hizo Federico de su flamante Volkswagen Kombi. Gracias a un préstamo de su hermana, el tipo se dió el gusto y cumplió uno de sus sueños, tantas veces postergado, que alguna vez casi compramos juntos para iniciar este viaje a principios del 2009. Pero el papelerío, los tramites y las idas y vueltas al mecánico todavía nos siguen retrasando la salida.
Y había otra cosa importantísima que hacía rato andábamos con ganas de hacer. Con mucho tiempo libre y con un dinero intocable que habíamos guardado especialmente, producto de las ventas del disco de Kutimba, decidimos que era el momento propicio para ponernos a ensayar y grabar unas rolas para completar nuestro EP de cinco canciones. De paso, volver al estudio tal vez serviría como empujón anímico en un momento de total falta de motivación y mucha mala onda entre nosotros.
Después de buscar varios estudios de grabación y de algunos ensayos, lo que en un principio iba a ser la grabación de cinco canciones originales terminó siendo sola la batería y las congas de “Latinoamericano” -canción que venimos tocando en vivo desde hace un tiempo-, en el estudio de la reconocida banda de reggae “Zanate N Stereo”, en el pueblo vecino de Chimaltenango, a una media hora de la Antigua.
Con la combi ya casi lista para salir a la ruta y en vísperas de terminar de grabar las guitarras, el bajo y las voces de “Latinoamericano” en mi casa de Jocotenango, ya falta poco para seguir la gira latinoamericana, con shows agendados para este 13 de septiembre en Ciudad de Guatemala y el 22 en San Pedro de la Laguna.

La plazuela de Jocotenango en días de feria.

Mi reencuentro con Javier e Isabel para hacer un poco de reggae en San Pedro.

Por las callecitas de la Antigua

Grabando la bata de nuestra nueva rola "Latinoamericano".

Con el Freddy, el perro que adoptamos en nuestra casa de Jocotenango.

El mercado de Chichicastenango.

En Tikal

Una de las majestuosas pirámides mayas de Tikal.

La loca Angie.

 



El "Nenei" Fayad grabando las campanas de "Latinoamericano".

Las chicas y sus vestimentas típicas.
 
Con nuestro amigo "El Boro".


Un Argentino en Nueva York
Y lo prometido es deuda. Nos habían pedido más videos de Kutimba en vivo y acá está. Gracias al Theo, que nos grabó durante nuestra presentación en el bar "Angie Angie" de La Antigua y nos subió a YouTube, podemos disponer de este video de buena calidad de una de las canciones más tocadas de nuestro repertorio: nuestra versión del clásico de Sting "Englishman en New York" que hemos re-titulado "Un Argentino en Nueva York". Comenten por favor y hasta la próxima entrada!