
Los conocimos una de las primeras noches que pasábamos en el Cuzco. Era una de esas noches de domingo frías y silenciosas del barrio de San Blas. Subíamos la cuesta por las calles completamente desoladas cuando comenzamos a oír una bulla de gritos y tambores a lo lejos, pero que cada vez se hacía más fuerte.
El sonido provenía de un pequeño barcito llamado Kilómetro Cero, que estaba lleno hasta las manos. Ahí estaban los colombianos Mauricio y Javier al frente de una banda que se hacía llamar “Pachanga”. Musicalmente no eran muy buenos. Desafinaban y se equivocaban en los cambios de acordes. Pero esas fallas parecían no importar. A fuerza de pura onda y ritmo de percusión, hacían delirar a los gringos presentes.
Mauricio, el cantante, desprendía con sus bailes y meneos una energía imponente que contagiaba hasta al más parco, y su carisma concentraba todas las miradas. Javier, el frente de su Gibson Flying V cargada de “Delay”, sorprendía, no por su virtuosismo, sino por su originalidad.
Unos días después, nos enteramos de que Javier también era bajista. Por esos tiempos, cuando todavía no confiábamos lo suficiente en nosotros dos, Valerio y yo andábamos buscando desesperadamente un bajista para completar a los incipientes Discípulos de Alkachofa. Ahí fue cuando comenzamos a hablar con los chicos de Pachanga, y al poco tiempo, cuando ya habíamos desistido del trío en los "Discípulos", nos invitaron a tocar en su banda.
Yo comencé como guitarrista, pero ya a la tercera vez que nos íbamos a presentar, me dijeron dos horas antes del show que tenía que tocar el bajo porque el bajista no podía asistir esa noche. Nunca en mi vida había tocado el bajo, pero mi paso al bajo fue tan natural, que me pareció que lo tocaba hace mucho tiempo. A los colombianos les encantó lo que hice en el bajo, así que me quede ahí, y la banda se completó con la llegada del “Negro” Álvarez en la percusión menor.
A partir de ese momento, la banda creció con cada presentación, y pasamos de tocar una vez por semana a tocar siete veces por semana. A la onda de los colombianos, los argentinos le agregamos la musicalidad, y ahí se dio una simbiosis genial. "Los estabamos esperando", nos dijo Mauricio una vez.
Y todo esto degeneró en un disco, al que si bien hicimos muy rápido, nos llevó mucho trabajo y dedicación. Hoy tengo el agrado de presentarles la cancion que elegimos como Single de ese disco grabado en Cuzco, llamado “Qué borrachera”.
El Pibe (Letra: Mauricio Gómez-Juan Manuel Álvarez. Música: Lisandro Cabrera)
“El Pibe” es una canción de la que estoy muy orgulloso. Siempre me gustó la cumbia y siempre opiné que haciéndola bien podía tener el mismo status que cualquier otro género de música popular. Con esta canción nos metimos de lleno en el género bailable, un género vapuleado impunemente, sobre todo por los rockeros imbéciles, para los cuales la música se reduce a un solo de guitarra que mientras más rápido sea mejor, cagándose en la melodía, la armonía o el ritmo. Se ve que esos rockeros nunca han escuchado Salsa, una música bailable compleja y sofisticada, bastante más difícil de tocar que “Satisfaction” o “Señor Kioskero”.
“El Pibe” es una cumbia colombiana dedicada al mejor futbolista que tuvo Colombia, Carlos Alberto Valderrama, y a aquella mítica selección que comenzó en Italia 90, aquella del error de Higuita y el gol de Milla a favor de Camerún, y que culminó con la desastrosa participación en el mundial del 94, con el gol en contra de Escobar y su posterior asesinato. Pero en el medio estuvo el histórico 5 a 0 contra Argentina, ese 5 a 0 que te recuerda todo colombiano cuando se encuentra con un argentino. Pero he aquí lo irónico: la canción la terminé cantando yo.
Yo me hice cargo de las voces, el bajo, guitarra criolla y eléctrica. Mauricio de los coros y el maracón. Javier de la guitarra acústica y Valerio de la batería. En esta canción también aparece un instrumento típico de Colombia, sobre todo de la región de San Jacinto: la gaita colombiana, a cargo del Negro Álvarez. Y la canción se completa con el negro Carlos en las congas.
Y con esta canción nos hemos prometido una difícil misión: llegar hasta Barranquilla, en el caribe colombiano, en donde vive el pibe, y entregarle este humilde tributo de argentinos y colombianos.
Basta de chácharas. Abajo está el link para que puedan escuchar la cancion, y si quieren pueden encargarnos el disco, que será enviado a la brevedad, y con su compra, nos ayudan a seguir manteniendo vivo este sueño. Espero que les guste.
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